Las dos muertes del capitán Ricaurte

 Mirada severa, adusta, a la altura del soberbio acontecimiento que estaba protagonizando. Las sombras se llevan la mayor parte de su cuerpo, pero se alcanza a ver su mano izquierda tomando su sable. En la derecha, iluminada, la pistola de chispa apuntando al barril de pólvora.

Martín Tovar y Tovar imaginó así, en 1874, al héroe colombiano Antonio Ricaurte en su cénit: su inmolación, frente a las tropas realistas, en la batalla de San Mateo, el 25 de marzo de 1814.



Los historiadores han reproducido, con respeto reverencial, el episodio del capitán neogranadino en tierras del actual estado Aragua. En el himno de Colombia se le dedica unos versos: “Ricaurte en San Mateo, en átomos volando, deber antes que vida con llamas escribió”. El heroísmo en carne y hueso, fuego y espanto.

Solo uno niega el hecho: Simón Bolívar. El Libertador confesó que él fue el autor de la historia. El Diario de Bucaramanga, escrito por el coronel Luis Perú de Lacroix entre marzo y junio de 1828, recoge las palabras del caraqueño sobre Ricaurte en San Mateo: el capitán murió a tiros y lanzazos, y no en la explosión.

No obstante, la tradición cubre de silencio al Diario, y la versión generalizada es la del sacrificio del neogranadino. “Deber antes que vida”.

Antonio Ricaurte nació el 10 de julio de 1786 en Villa de Leyva, actual Departamento de Boyacá. Era hijo de Esteban Ricaurte y María Clemencia Lozano, pertenecientes a la clase alta. Estudió en el elitesco colegio bogotano de San Bartolomé. Para 1810, casado con Juana Martínez Camacho y secretario del Tribunal de Cuentas del Virreinato, se unió a las revueltas del 20 de julio.

“El Chispero” le decían, de acuerdo con Javier Ocampo López, en un artículo que escribió sobre el héroe. Era parte de su carácter decidido, imbuido en el espíritu de la Ilustración. Ricaurte se unió al batallón de infantería de Guardias Nacionales como teniente.

En la lucha entre federalistas y centralistas se decidió por los últimos, siguiendo los combates bajo las órdenes del prócer Antonio Nariño. Participó en Ventaquemada (1812), hecho de armas donde coincidió con el marabino Rafael Urdaneta.

Un año después se unió al ejército que comandaba Bolívar y que, desde Nueva Granada, invadió Venezuela para realizar la Campaña Admirable, barriendo a los realistas desde los Andes hasta Caracas. La Grita, Carache, Niquitao y Taguanes fueron prueba de la bravura del boyacense.

Pero la reacción monárquica, en las lanzas de la legión infernal de José Tomás Boves, no dio respiro a la joven República. El año 1814 fue el de los miles de llaneros que, al grito del “Taita” español, se lanzaron a sembrar de sangre y candela a Venezuela.

El triunfo de Boves y sus huestes en La Puerta, el 3 de febrero, les dejó vía libre para conquistar Caracas. Pero los frenó, en primera instancia, José Félix Ribas en La Victoria, el 12, destrozando a las fuerzas que mandaba Francisco Tomás Morales. En Charallave (20 de febrero) y Ocumare (20 de marzo), el “Invicto” venció a Francisco Rosete.

A Bolívar le tocaba bailar con la más fea: Boves. Escogió sus propiedades en San Mateo para recibir a los casi siete mil efectivos del terrible asturiano. El Libertador organizó a sus fuerzas defensivamente dejando a Manuel Villapol en el cerro El Calvario y en Cantarrana a Manuel Gogorza. El mismo Bolívar estaba al frente de la zona central. Allí se atrincherarían el 28 de febrero.

El ataque  arrollador, pero disminuido por la geografía (es un valle, y las tierras están surcadas por el río Aragua), lo que le restaba potencia a los lanceros de Boves, fue repelido por los republicanos, en buena parte por el batallón Barlovento, liderado por Vicente Campo Elías. El contraataque de Bolívar por el centro, combinado con las acciones de la izquierda de Gogorza, decidió la jornada.

Campo Elías, español al servicio de Venezuela, resultó herido y moriría el 17 de marzo.

El 25, Boves y compañía volvieron a cargar contra los patriotas. Esta vez el Libertador colocó a su derecha al coronel Ramón Ayala y a la izquierda al capitán Ricaurte, protegiendo el trapiche y la llamada Casa alta de la hacienda de San Mateo. La artillería estaba bajo las órdenes del coronel Lino de Clemente.

El ataque total de los realistas hizo ceder a las fuerzas en el cerro El Calvario. Morales y su columna se acercaron a hacerse de la Casa alta, con Ricaurte defendiéndola.

Tomás Mosquera, militar neogranadino, narra el hecho en sus Memorias sobre la vida del general Simón Bolívar.

“Viendo Ricaurte que era inútil hacer con sus 50 hombres una defensa infructuosa y el sacrificio inútil de su gente, les ordenó la retirada replegándose al cuartel general y ofreciéndoles que él solo salvaría en ese duro trance el parque y quizá el ejército. El enemigo, que vio desfilar el destacamento hacia la llanura, se acercó con grande gozo a tomar las municiones de que carecía, y en desorden y tumulto se precipitaron sobre la casa. El impertérrito Ricaurte, al verlos sobre sí, da fuego a las municiones, y la inesperada explosión con un terrible estruendo destruye en gran parte la columna enemiga, y el resto huye despavorido, abandonando el lugar en que un solo hombre combatió por la salud del ejército”.

Bolívar, jugándose al todo o nada, enardeció a sus tropas. ¡Ricaurte se había inmolado para evitar que el parque cayera en manos de los realistas! ¿Lo dejarían así? La respuesta la llevaron las lanzas y los fusiles patriotas, que reconquistaron el sitio.

Ayala volvería a tomar el cerro El Calvario, y otro contraataque de Bolívar terminó de expulsar a las fuerzas monárquicas, obligándolas a retirarse hasta Villa de Cura. La victoria era patriota.

“Es difícil describir con exactitud este combate, que más bien debe llamarse una matanza”, consideró el general Pedro Briceño Méndez en su Relación Histórica, suerte de memoria de esos años. “La suerte fue tan varia aquel día que tan pronto favorecía a unos como a otros. El pueblo de San Mateo, que era el principal punto de ataque, alternativamente era de este y del otro ejército hasta que al fin quedó por nuestras tropas”.

Pero, ¿qué había sucedido con Ricaurte? Bolívar encomendó realizar honores a su memoria, difundiendo la versión de la inmolación. La muerte en aras de la libertad de la patria. Mosquera rememora: “Bolívar conservaba siempre tal respeto por la memoria de este valiente oficial, que con un entusiasmo guerrero nos decía un día: ‘¿Qué hay de semejante en la historia, a la muerte de Ricaurte? Este suicidio para salvar la patria, al ejército y a mí, sin más esperanza que el amor a la independencia y a la libertad, es digno de cantarse por un ilustre genio como Alfieri”.

Culminada la Guerra de Independencia, con Bolívar intentando mantener a la Gran Colombia unida, ante los movimientos secesionistas de Venezuela y Nueva Granada, reapareció el nombre de Ricaurte. Era el símbolo mayor de la hermandad entre ambas tierras, que conformaban a la gran nación.

En una de sus charlas con sus generales durante la Convención de Ocaña, que se convertiría en un golpe más al sueño grancolombiano, Bolívar se expresó con vehemencia sobre los primeros años de la Independencia y cómo favoreció a los neogranadinos. El fin, según Bolívar, lo reprodujo Perú de Lacroix en el famoso Diario de Bucaramanga, en la parte del día 5, mes de junio.

Habla el Libertador, luego de una larga crítica a los oficiales neogranadinos: “Ya desde el año 13, que meditaba la unión de la Nueva Granada con Venezuela, mi política tendía en hacerme bien valer y querer a los granadinos, y después del año 19 seguí el mismo plan para la conservación de la unión que había logrado”.

Y confiesa, luego de comentar los honores a los restos del antioqueño Atanasio Girardot, fallecido en Bárbula: “Ricaurte, otro militar granadino, figura en la historia como un mártir voluntario de la libertad, como un héroe que sacrificó su vida para salvar la de sus compañeros y sembrar el espanto en medio de sus enemigos; pero su muerte no fue como aparece: no se hizo saltar con un barril de pólvora en la casa de San Mateo, que había defendido con valor. Yo soy el autor del cuento. Lo hice para entusiasmar a mis soldados, para atemorizar a los enemigos y dar la más alta idea de los militares granadinos. Ricaurte murió el 25 de marzo del año 14, en la bajada de San Mateo, retirándose con los suyos. Murió de un balazo y un lanzazo, y lo encontré en dicha bajada tendido boca abajo, ya muerto y las espaldas quemadas por el sol”.

¿Era realidad lo que decía Bolívar o solo un “despecho verbal”, ante el desmoronamiento de la Gran Colombia, atacando a los neogranadinos? ¿Quizá una tergiversación de Lacroix? Mientras la mayoría de historiadores apuntan a las segundas opciones, exaltando a Ricaurte, otros, como el español Salvador de Madariaga, reconocen como ciertas las palabras del Libertador en 1828.

“No es cosa de discutir aquí la gloria de Ricaurte (al fin y al cabo, siempre salva, ya que de cualquier modo murió como bueno)”, dice Madariaga en su biografía del Libertador. “Se trata aquí de Bolívar. El toque que apunta Lacroix se amolda perfectamente a su carácter. En todo momento de su carrera puso Bolívar al servicio de la causa una imaginación fértil en expedientes para atraerse a la multitud con escenas dramáticas. Poesía en sumo grado el sentido épico sin el cual no es posible llevar a los pueblos”.

Bolívar narró las dos muertes del capitán Ricaurte. Heroicas las dos, pero aún más soberbia la que pertenece a la historia oficial: “En átomos volando”.

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