El enigma de Manuel Piar

Por dos veces se negó a colocarse las vendas. Dejó su pecho descubierto, gritándole al pelotón de ejecución que le apuntara al corazón. Sentado en el banquillo junto al muro de la catedral de Angostura, el general Manuel Piar recibía la descarga que segaba su vida.

Para unos fue un traidor que mereció su suerte final. Para otros, un héroe asesinado por órdenes malignas. Un grupo lo ve como un gran hombre que cayó en desgracia por malentendidos.

Piar sigue siendo un enigma en Venezuela. Lo único real y tangible lo constituyeron sus éxitos militares: se erigió en uno de los adalides de la Independencia en el Oriente venezolano, ayudando a conquistar, en 1817, la rica zona de Guayana, que terminó por darle base no solo a la guerra en el país, sino al nacimiento de la Gran Colombia.

Pero sus orígenes continúan oscurecidos, a caballo entre la versión oficial y la leyenda. Habría nacido en Willemstad, Curazao, el 28 de abril de 1774, hijo del marino mercante Felipe Piar Lottyn (tinerfeño, de ascendencia italiana) y de la mulata curazoleña (u holandesa) María Isabel Gómez. Lo bautizaron en la iglesia Santa Ana, de su ciudad natal, y tuvo dos hermanos, Felipe y Juan.

Pero historiadores como Bartolomé Tavera-Acosta niegan estos hechos. Amparado en investigaciones del Obispo de Guayana, José Manuel Arroyo y Niño, le dan a Piar un nacimiento distinto: vio la luz en Caracas, entre 1777 y 1778, en el Convento de las Monjas Concepciones. Su padre fue don Carlos de Braganza, un príncipe portugués, y doña Soledad (o Belén) Jerez de Aristeguieta… dama de la alta sociedad capitalina y causa de todo el drama de Piar.

La unión clandestina entre el príncipe y la joven caraqueña obligó a que el nacimiento del futuro Libertador de Guayana fuera secreto. Antes de su fusilamiento, diría al fiscal de su juicio, cuando se le acusaba de fomentar la guerra de clases: “Usted sabe que por aquí (apuntando a sus venas) no corre sangre negra”. Pero terminaría siendo criado por María Isabel Gómez, partera de profesión.

Francisco Herrera Luque, autor de Manuel Piar, caudillo de dos colores, “postula” otros padres para Piar. Llega a hablar, basado en conversaciones de finales del siglo XIX —simples rumores, al fin y al cabo— de Marcos de Ribas y Betancourt, progenitor de José Félix Ribas, o de Juan Vicente Bolívar y Ponte, padre de Simón Bolívar. Se basa el controversial Herrera Luque en trabajos del historiador Manuel Alfredo Rodríguez y Lino Duarte Level.

Tratado como mulato por el origen que le otorgaban, diversos contemporáneos, como su carcelero Juan José Conde, indicaban que era “de regular estatura, ojos azules, barbilampiño y su tez sonrosada”. En 1841, el primer retrato oficial del general, hecho por el francés Tauvernier para la Historia de Venezuela de Baralt, se adhiere a la descripción.

Pero, sea cual sea su origen, a los 10 años ya está en Caracas de la mano de María Isabel, resultando ser un joven con cualidades para el aprendizaje: conocía, según el historiador Asdrúbal Gonzalez Serven, el holandés, el castellano, el francés, el inglés, el papiamento curazoleño, el creole haitiano y el guinés africano. Tras participar en la conspiración de Gual y España, batalló en 1804 contra los ingleses en Curazao. Tres años después, en la Haití libre con Henri Cristophe como líder, comandó un buque de guerra.




En Venezuela, con la Declaración de Independencia de 1811, es comandante de una lancha cañonera en Puerto Cabello, participando en la Batalla de Sorondo, un año después, en aguas del río Orinoco. En 1813, junto con Santiago Mariño y José Francisco Bermúdez, fue uno de los que desembarcaron en Güiria luego de firmar el Acta de Chacachacare.

Piar y Bermúdez se convertirían en enemigos irreconciliables a partir de dos episodios: el primero, con un conflicto con el hermano de José Francisco, Bernardo, que terminaría en manos realistas. Luego de sobrevivir a un fusilamiento, fue rematado por agentes del español Francisco Cervériz en Yaguaraparo. El irascible “José Francisco Pueblo” siempre le culparía del asesinato.

El segundo, con otra hermana de Bermúdez, esposa de un realista: sin conocer la filiación, criticó a Mariño el trato a Ascensión Bermúdez. Hecho una furia, José Francisco arremetió contra Piar, lanzándole un sablazo que no le alcanzó y “recargando sus insultos sobre la calidad de éste por ser mulato de Curazao”, según cuenta Andrés Level de Goda, cuñado del general cumanés.

Durante ese año cimentó su fama de invencibilidad, en la campaña de Cumaná, la defensa de Maturín y las victorias sobre los españoles Bobadilla, Zuazola y Monteverde. La única derrota en su carrera militar ocurriría el 16 de octubre de 1814 (curiosamente, justo tres años antes de su fusilamiento en Angostura) ante José Tomás Boves en El Salado, cerca de la actual capital del estado Sucre.

El caos que terminó con la Segunda República lo tuvo a él como uno de los protagonistas. Desconoció a Bolívar y a Mariño en Carúpano, evitando su desembarco, acusándolos de deserción y robo. La historia explicaría que los Libertadores, evitando que el pirata italiano Giuseppe Bianchi se llevara las arcas del Gobierno, se montaron en su barco, obligándolo a devolver una parte.

“De Piar se sabe que era hombre de difícil trato para los generales y los jefes, no así para el oficial subalterno y el soldado”, recuerda el coronel Tomás Pérez Tenreiro, en su obra sobre los Generales en Jefe de la Independencia.

Posteriormente volvería a servir bajo las órdenes de Bolívar, luego de la Asamblea de emigrados en Los Cayos, en 1816. En su regreso a Venezuela cosechó el triunfo de El Juncal (27 de septiembre de 1816), con el escocés Gregor McGregor como salvador del combate.

El triunfo sobre los realistas en San Félix (11 de abril del siguiente año) supuso el máximo logro militar para Piar. Con poco más de dos mil soldados venció a los 1.800 hombres de Miguel de la Torre, un duro golpe que culminaría con la conquista de Guayana.

Su felicidad tras la victoria era efímera. Peleó con Bermúdez en 1813, con McGregor en 1816. Un año después toparía con un rival de mayor peso: Bolívar. Jefe Supremo de los patriotas, el Libertador intentó por todos los medios ganarse al díscolo curazoleño. En la conquista de Guayana le advirtió que el mando era solo uno: el suyo. “Pequeñas divisiones no pueden ejecutar grandes planes”, le escribió el genial caraqueño, el 10 de enero de 1817 desde Barcelona.

A instancias del margariteño Mariño, se instala el Congresillo de Cariaco el 8 de mayo de ese año: pretendía disputarle el poder a Bolívar. Lo avalan, entre otros, Juan Bautista Arismendi y Piar: Rafael Urdaneta y el joven coronel Antonio José de Sucre se apartan de él. 


“Prefiero un combate con los españoles a estos disgustos entre los patriotas”, insistía el Libertador en otra comunicación con Piar. “Si nos dividimos, si nos anarquizamos, triunfará España y con razón nos titularán vagabundos”.

El fracaso del congresillo terminó con el adiós de Piar. Pidió un salvoconducto para irse del país “por motivos de salud”, según adujo; pero se quedó conspirando. Cuenta el historiador ecuatoriano Alfonso Rumazo González: “Este general de alma agresiva, apenas recibido el pasaporte que le diera Bolívar, salió rumbo al norte, donde creía encontrar fuerzas contra Bolívar, apoyándose en el general Mariño, sin escuchar la orden que le transmitió Bermúdez de presentarse al general y jefe”.

“Los principios profesados por la junta de Cariaco servían ahora de fundamento a trabajos sediciosos del general Piar, con la sola variante de conferir la dirección suprema de la guerra a un consejo de generales”, señaló el granadino Tomás Cipriano de Mosquera, en sus Memorias sobre la vida del general Bolívar. “Se invocaba el derecho exclusivo de las razas mestizas al gobierno de la tierra venezolana, porque siendo ellas mayoría en el país contaban con títulos indiscutibles, y en tal sentido se hizo llamada al sentimiento de los jefes y oficiales mulatos y cuarterones, con cuyo concurso principió a minarse la constitución del ejército”.

Urdaneta, que sucedió a Piar en el comando de la división que llevaba su nombre, describe al infortunado general como “un hombre fuerte y audaz, y por otra parte resentido, que meditaba emplear armas no usadas hasta entonces y de naturaleza destructora”.

“Él (Piar) conservaba celos antiguos con el general Bolívar y los habría hecho valer desconociendo su autoridad, si no hubiese temido a los jefes y tropas cuya adhesión al Jefe Supremo era un verdadero entusiasmo”, rememoraba Pedro Briceño Méndez, en su Relación Histórica. “Piar se sometió a la ley de la necesidad, y aunque manifestó haberse reconciliado sinceramente, y estar reconocido a la liberalidad con que el general Bolívar lo recompensó elevándolo a General en Jefe, no pudo encubrir la pena con que obedecía. Él aguardaba una ocasión oportunidad para descubrir todo su encono…”

Detenido por su antiguo subalterno, Manuel Cedeño, Piar es enviado a Angostura. Un Consejo de Guerra, presidido por el también curazoleño Luis Brión, lo condenó a muerte, previa degradación. Bolívar evitó esta última pena, firmando el fusilamiento para el 16 de octubre de 1817, a las 5:00 de la tarde.

Lanzó Bolívar: “Con su insensata y abominable conspiración solo ha pretendido una guerra de hermanos en que crueles asesinos degollasen al inocente niño, a la débil mujer, al trémulo anciano, por la inevitable causa de haber nacido de un color más o menos claros”. 


El 16, a las 6:00 de la mañana, se le anunció el castigo a Piar. “Arrojó el lente, se abrió convulsivamente la ropa sobre el pecho y gritó ‘¡Inocente, inocente, inocente! Y me dejan sacrificar…”, narró el historiador Tavera Acosta, basado en las memorias de personajes cercanos al general.

Según la tradición, Piar tomó un crucifijo que tenía en la habitación que servía de prisión y exclamó: “Hombre salvador, esta tarde estaré contigo en tu mansión: ella es la de los justos. Allá no hay intrigas, no hay falsos amigos, no hay alevosos… A ti, los judíos te crucificaron: tú sabes por qué, y yo… y yo… por simplón voy a ser fusilado esta tarde. Tú redimiste al hombre y yo liberté este pueblo. ¡Qué contraste!”.

Al salir al lugar de la ejecución, apenas a 100 metros de su cárcel, saludó a sus antiguos soldados y a la bandera nacional. Pidió mandar el pelotón que lo fusilaría, pero se le negó. Tavera Acosta nos cuenta el capítulo final: “Piar, con rictus desdeñoso en el labio, la mano puesta en el bolsillo del pantalón y moviendo con impaciencia el pie derecho sobre el suelo, tendía su mirada a todos lados, sin prestar atención a la lectura. Concluída ésta, sacó Piar del bolsillo ‘unas pocas monedas, que entregó al sargento de la escolta que le había conducido, ordenándole que se distribuyesen aquel poster recuerdo’. Por dos veces se arrebató el pañuelo que el que trataron de vendarle los ojos; al fin, mirando por última vez al pelotón que iba a ejecutarlo, se sentó con negligencia en el banquillo, abrió la esclavina sobre el pecho, exigió a los soldados que apuntasen bien sobre su corazón y gritando ‘¡Viva la Patria!’, la guerrilla disparó”.

Pedro Briceño Méndez señaló: “Solo el general Bolívar no pudo contener las lágrimas al oír los tiros de fusil que ponían término a la vida de aquel valiente que había dado tantos días de gloria a la República. No me atrevo a decidir si fue más patético el suplicio de Piar o la aflicción y pena del general Bolívar”. Llegaría a decir el caraqueño, según la tradición oral, que al escuchar la descarga mortal sobre Piar: “He derramado mi sangre”.

Bolívar, según Mosquera, justificaría la ejecución de Piar años después: “Solamente la necesidad de moralizar la naciente República de Colombia me pudo animar para no ceder a los impulsos de mi corazón que luchaba con mi juicio. Mariño conspiraba siempre, y Páez obraba en realidad independientemente: algunos otros de nuestros hombres públicos, refugiados en el ejército, querían que se combatiese a los españoles organizando un ejército absoluto y otros bajo un consejo directivo. Encontrábame lleno de contrariedades y era necesario que cesase la anarquía para dar unidad a las operaciones y llevar adelante mis planes”. 

Salvador de Madariaga apunta: “La ejecución de Piar fue fructuosa como un acto de fuerza en un país en donde ya solo la fuerza podía imponer la autoridad. Fue acción pretoriana en una sociedad pretoriana”. Y para Gerhard Masur: “La tragedia de Piar fue no comprender que había terminado el tiempo de la guerra de bandas. Había sobreestimado su propia capacidad y menospreciado la de Bolívar. Bolívar tenía algo más que poder de su lado: también tenía razón. Poseía una gran visión continental y un programa para concretarla. Piar no tenía sino sus deseos personales”.

En el Diario de Bucaramanga, escrito por el coronel Luis Perú de Lacroix, exclamaría el Libertador-Presidente en 1828: “La muerte del general Piar fue una exigencia política que salvó al país. Los rebeldes fueron perturbados y atemorizados (…) todos se pusieron a mis órdenes. Se estableció mi autoridad y se evitó la guerra civil y la esclavitud del país. Nunca fue una muerte tan útil, tan política y al mismo tiempo tan merecida”. Un rival incómodo había sido eliminado, pero el enigma continuaba.

Comentarios

  1. Simon Bolivar pudo darle a Piar un castigo mas liviano. Para quitarla asi del media deberia haber algo muy serio que iba contra de los deseos de Bolivar. O tal vez solo no le consideraban digno de ser un humano. Ja que Piar fue que izo grandes trabajo en el Guyana. Deportarlo tambien pudo ser una opcion. Pienso que cuando matan a alguien asi hay sospecha de traicion o hay pruebas de traicion. Por eso no le dieron ningun chance. Si no fue traicion queda solamente celos de que Piar pudiera ser major que Simon Bolivar. Tan simple era. Ya que todo el mundo queria la Gloria para si mismo. Pienso, Josette Agniel Vos - MsDamas100@hotmail.com

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