Desde mi arquería

viernes, 29 de julio de 2016

La amarga noche de Miranda

Ilustración de Antonio Bosch Penalva
Detenido por los que hasta hace poco eran sus subordinados, el viejo general no dejaba de pelear. Unas veces en francés, otras en castellano. En voz baja casi siempre. Perseguido por soldados, reyes y obispos, Francisco de Miranda terminó preso por sus propios conciudadanos, jóvenes aristócratas convertidos en soldados, abogados de bajo vuelo alzados por los vientos de la revolución.

Se salvó de la Inquisición, de los enemigos en Francia, de sus superiores en España. No pudo huir de las garras de los venezolanos.

No se cansaba de recordar cuando, en 1810, Simón Bolívar lo visitó en Londres, acompañado por Andrés Bello y Luis López Méndez. La misión era llamarlo a su patria, Venezuela, a asumir las riendas de la lucha por la libertad. Su sueño de toda la vida.

La noche del 30 de julio de 1812, ese muchacho Bolívar -que no dejaba de hablar y hablar en aquella reunión en la capital británica- amenazó con fusilarlo en La Guaira.

El joven caraqueño, acompañado por Tomás Montilla, José Mires, Miguel Carabaño y el francés Raafel Chatillón, entre otros, entregaría al Generalísimo a los españoles.

Miranda moriría en la prisión española de La Carraca en 1816.

“El racionalista Miranda, formado en la mejor lógica del Enciclopedismo europeo”, analiza Mariano Picón-Salas en su biografía del Precursor, “ahora se encuentra con los fenómenos más irracionales. Aquí fracasarían Voltaire, Montesquieu, Diderot, los amados autores en que estudió el proceso de las sociedades humanas. Los pueblos no siempre eligen lo que les conviene, y la falta de discernimiento entre el mal y el bien no es solo un problema teológico, sino también histórico”.

Toda la euforia de la revolución de 1810 y la declaración de Independencia de 1811 se disolvió cuando las provincias se dividieron entre la adhesión a Fernando VII y la naciente República. Las tropas realistas mantuvieron la salida al mar a través de las provincias de Maracaibo y Coro, y la fértil Guayana. A partir de allí comenzarían su reconquista.

Tras las fallas del Marqués del Toro, el Gobierno designó a Miranda como líder militar. Su experiencia en los combates por la Independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa resultaría de peso al momento de la elección, a pesar de la inquina de los mantuanos contra el descendiente de canarios.

El 8 de febrero de 1812 llegó a las costas corianas el capitán de Fragata Domingo Monteverde, enviado por las autoridades españolas en Puerto Rico. A los 120 hombres que trajo el isleño se le unieron 200 del indio Reyes Vargas, que traicionando las banderas republicanas se unió a las realistas en Siquisique.

Monteverde toma sin problemas Barquisimeto el 2 de abril, destrozada luego del terremoto del 26 de marzo. Un mes después Valencia regresaba bajo el manto de Fernando VII.

Antes de conocer las noticias sobre Valencia, el Poder Ejecutivo designó a Miranda Generalísimo, con facultades para decidir en lo civil y lo militar. Con el poder absoluto en sus manos, el caraqueño se lanza al ataque contra Monteverde, pero tiene que replegarse constantemente. Pese a derrotar al canario en La Victoria, no le persigue para terminar de destrozar sus fuerzas.

La caída de Puerto Cabello el 30 de junio de 1812, fortín bajo el mando del entonces coronel Bolívar, termina de hundir las esperanzas del Generalísimo. El castillo de San Felipe pasa a las manos españolas luego de la traición de Fernández Vinoni, aunque también por la desatención del futuro Libertador, que acudió a una boda la noche antes. Casi dos mil quintales de pólvora, artillería y municiones engrosaron el arsenal realista. 

Ilustración de Antonio Bosch Penalva


“Venezuela está herida en el corazón”, exclamó Miranda al conocer la noticia, según algunos historiadores en francés.

La insurrección de los esclavos de Barlovento, la huida de la familia del Marqués del Toro y la abierta rebelión de otros elementos militares aceleraron la solicitud de capitulación ante Monteverde.

El 25 de julio Miranda entregaba “al jefe español todas las provincias de la confederación que aún permanecían sujetas al gobierno republicano”, recuerda Rafael María Baralt en su Historia de Venezuela, “así como el armamento, pertrechos de guerra y cualquiera otro artículo de pertenencia nacional; comprometiéndose Monteverde a respetar la libertad, seguridad y propiedad de las personas, cualesquiera que hubiesen sido sus opiniones o conducta en la revolución”.

Baralt atribuye a Manuel María de las Casas y a Miguel Peña, gobernadores militar y civil de La Guaira, respectivamente, ser los actores intelectuales de la prisión de Miranda: “Empezó a correrse la voz de que Miranda había recibido dinero de los españoles como precio de su desgraciada capitulación. Añadíase que a bordo de un buque surto en la rada había depositado muchos miles de pesos, con los cuales pensaba irse a pasar el resto de su vida en países extranjeros, después de haber vendido a su patria. Cuidóse de insinuar hábilmente tales infamias en el ánimo de los militares y éstos exasperados ya hasta lo sumo y unánimes en atribuir a Miranda las desgracias sucedidas, se indignaron al considerar que el autor de ellas intentase escapar, dejándolos entregados a su suerte”.

El 30 Casas y Peña firmaron la orden de arresto, ejecutada el 31 en la madrugada por Bolívar y el resto de oficiales.

Miranda se había quedado en tierra, en la comandancia general de La Guaira –donde residía Casas-, negándose a embarcarse en uno de los barcos ingleses que lo sacaría del país. “Cuando los oficiales entraron en la pieza donde dormía el Generalísimo”, narra Caracciolo Parra Pérez en su Historia de la Primera República, “éste creyó que venían a despertarle para que se embarcase. Al advertir de lo que se trataba, tomó de manos de su edecán Soublette (futuro presidente de Venezuela) la linterna y, alzándola hasta la cara de los conjurados para reconocerles, pronunció la frase célebre: ‘Bochinche, bochinche, esta gente no sabe hacer sino bochinche’. Y siguió en silencio a sus enemigos”.

Aunque Baralt habla que el grupo no pretendía ejecutar al Generalísimo caído en desgracia (“No veían en aquel arresto sino una detención que duraría lo que durase el embargo y él tardase en explicarse”, dice el historiador zuliano), Pedro Briceño Méndez, compañero del Libertador hasta el final de sus días, señala que sí lo pensaron en hacer y que lo prohibieron Casas y Peña.

“Indignado Bolívar de esta nueva traición trató con los coroneles Mires, Miguel Carabaño, comandante Tomás Montilla y otros jefes más comprometidos sobre el modo de salvarse y habiendo convenido en que no había otro modo que el de arrestar al Dictador y castigarlo por sus traiciones, se dirigieron al comandante de armas de la plaza (que lo era el Coronel Manuel María Casas)”, señala Briceño Méndez en su Relación Histórica sobre la vida del Libertador. “Este accedió al plan y dio al coronel Bolívar la comisión de que ejecutase el arresto. Bolívar, acompañado de los mismos jefes nombrados, lo verificó y entregó al Comandante de la plaza el reo en la noche y acordaron diferir la ejecución capital, con que pensaban castigarlo, para el siguiente día. La ejecución quedó sin efecto, por qué parece que el coronel Casas recibió órdenes o avisos de Caracas que le hicieron temer la venganza de los españoles ya vencedores, y se opuso también a que Bolívar y sus compañeros se embarcaran. En consecuencia todos cayeron en poder del enemigo”.

La versión de Briceño Méndez es corroborada por el coronel Belford Wilson, que escribió en 1832 a Daniel Florencio O’Leary: “El general Bolívar siempre se glorió delante de mí de haber arriesgado su propia salvación, que pudo haber conseguido embarcándose, con el fin de asegurar el castigo de Miranda por la traición que se le atribuía. No carecían de fundamento sus razones, pues argüía que si Miranda creyó que los españoles observarían el tratado debió quedarse para hacerles cumplir su palabra, y si no, era un traidor por haber sacrificado su ejército”. 

Ilustración de Antonio Bosch Penalva

¿Hacia dónde se iba Miranda? Pedro Gual, abogado y diplomático de la naciente república, contó en un artículo que luego de la capitulación conversó con el líder caraqueño sobre su destino. El Precursor aseguraba que España cumpliría con lo previsto en el tratado y que él se dirigiría a Nueva Granada para recibir el apoyo de Antonio Nariño. Quería ir a Cartagena y “con los recursos que podamos llevar con nosotros de acá, oficiales, municiones, etcétera y los que probablemente se obtengan allá, entraremos en Caracas sin correr los peligros de toda índole que se ciernen sobre nosotros en este preciso momento”.

Pero, preso Miranda, es enviado a Puerto Rico junto con otros ilustres próceres. Bolívar –desconociendo el plan del Generalísimo- realizaría ese año el periplo pensado por el héroe caído en desgracia.

El futuro Libertador se encontraría posteriormente con Monteverde. De esta reunión emanan distintas versiones, pero la certeza de que el jefe realista agradecería “los interesantes servicios”. Lo hizo en una carta al Gobierno español, reseñada por Parra Pérez: “Los que fueron contagiados, pero de algún modo obraron opuestamente a la maligna intención de los facciosos… En esa clase, Excelentísimo Señor, se hallan D. Manuel María de las Casas, D. Miguel Peña y D. Simón Bolívar… Y no puedo olvidar los interesantes servicios de Casas ni el de Bolívar y Peña”. La misiva es firmada el 26 de agosto.

Bolívar recibiría un pasaporte al exterior, desde donde reiniciaría la lucha por la Independencia venezolana. Monteverde lamentaría la decisión: se iría de Venezuela con la quijada destrozada, durante la Campaña Admirable que encabezó el caraqueño en 1813.

Picón-Salas, en su biografía sobre el Generalísimo, cuenta que en la reunión entre Bolívar y Monteverde sirvió de enlace el amigo del primero, el comerciante español Francisco Iturbe. Cuando se habló de “los interesantes servicios”, el caraqueño replicó: “Le prendí (a Miranda) para castigarlo, no para servir al Rey”. Alegó Iturbe, ante la sorpresa del capitán de fragata, para calmar los ánimos: “Ese joven no es más que un calavera. Déjalo que se vaya”.

Simón Bolívar probaría, poco después, la amargura de la traición. En 1814 en Carúpano es acusado de ladrón y desertor por José Félix Ribas y Manuel Carlos Piar, poniéndolo en prisión y luego enviándolo al exilio; en 1816, en Güiria, José Francisco Bermúdez lo intenta atacar a sablazos por diferencias, obligándolo a irse a Haití. Y en 1828, en la nefanda noche de Bogotá, no olvidaría la suerte de Miranda cuando un grupo de adversarios políticos pretende asesinarle.

La madrugada de La Guaira representó para Bolívar el nacimiento como líder, más allá de lo controversial de su intención de fusilar a Miranda y de su entrega a los españoles. En palabras de Picón-Salas: “Y es en ese momento dramático en que el discípulo se enfrenta a su maestro; en que el subalterno se siente poseído de un heroico y grande destino, y quiere abrirse paso por sobre toda ligadura de tradición o amistad. Para recuperar su ímpetu y su alma, en un acto desesperado de salvación psicológica, Bolívar se cargó de cólera contra Miranda. Y esta cólera, atizada por todas las reacciones del ambiente, lo cura un poco del sentimiento de humillación e inferioridad que le produjera el desastre de Puerto Cabello. Bolívar anhela ahora ser el único dueño de su imperiosa misión. Desde ese momento ya no tendrá más jefes”.

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