Desde mi arquería

domingo, 28 de agosto de 2016

Churchill, el irreductible

Churchill, por @rafaez
Arthur Wellesley, Duque de Wellington, vencedor de Napoleón Bonaparte en Waterloo, alguna vez dijo que el sombrero de su rival en el campo de batalla valía por 40.000 soldados. La voz y el cerebro de Winston Churchill valdrían toda una nación, un imperio acaso. Uno de los grandes estadistas del siglo XX, Sir Winston Leonard Spencer Churchill motivó a que Inglaterra resistiese las embestidas nazis en la Segunda Guerra Mundial, para luego doblegar a las potencias del eje y, con la ayuda de Estados Unidos, levantara victoriosas a las islas. Todo después de prever, durante años, en el peligro de Adolf Hitler y el rearme alemán, cuando los hombres en el poder pensaban que la paz era aún posible.


Hijo de un aristócrata descendiente del duque de Malborough (el popular “Mambrú” que se fue a la guerra y nunca volvió), el joven Churchill era rebelde y un estudiante mediocre. Solo el análisis de la literatura inglesa lo apasionaba, así como la historia y las matemáticas. Llegó a ganar un campeonato de esgrima en la escuela de Harrow.

Nacido en el Palacio de Blenheim, en Woodstock, en 1874, creció sin el calor de sus padres, aunque amaba con devoción a su madre. Su progenitor era Lord Randolph Churchill, político británico casado con la norteamericana Jennie Jerome, hija de un millonario financista. Aunque Winston, primer hijo del matrimonio, siguió la carrera de su padre, sin duda Jennie lo marcó para toda la vida.

De ella heredó el ímpetu y la arrogancia, el espíritu de aventura. La madre de Churchill falleció luego de caer de una escalera, en 1921; su padre había muerto en 1895.

Se graduó en la academia de Sandhurst, centro de entrenamiento de oficiales, y a los 21 años se alistó en el cuarto regimiento de Húsares, con sede en la India, entonces colonia inglesa. De su paso por la exótica tierra le quedó un hombro dislocado, que le afectó durante el resto de su vida.

Estuvo como observador en el conflicto hispano-estadounidense en Cuba, ejerciendo como periodista de guerra, enviando crónicas a diarios británicos. Tras un paso por el país de su madre, Estados Unidos, se trasladó a India, como parte de un cuerpo que combatió una rebelión al norte del país, y a Sudán, donde luchó en un regimiento de Lanceros.

En 1899, el joven Churchill se embarcó como periodista para cubrir la segunda guerra Anglo-Bóer, en Suráfrica. Allí fue capturado, pero huyó de la prisión a través de la selva para volver a unirse al ejército británico. Entró como uno de los vencedores en Pretoria.

Luego de ganar un escaño en el Parlamento por Oldham en 1901, como miembro del Partido Conservador, se transformó en Liberal en 1904, asumiendo el viceministerio para las colonias un año más tarde.

Durante el inicio de la Primera Guerra Mundial dirigió el Almirantazgo como primer Lord. Aunque destacó con algunas reformas en lo armamentístico, se le criticó su actuación como promotor en el fallido desembarco de Galípoli, en los Dardanelos (Turquía), que terminó con más de 250 mil efectivos británicos y de otras partes del imperio muertos o heridos, además de 47 mil franceses.

Luego de culminado el conflicto —ya no desde una oficina, sino desde el frente de batalla—, en 1924 volvió a las filas del Partido Conservador, aunque no obtuvo un puesto en el Parlamento. Se dedicó a dirigir el British Gazette, en el que no solo informaba sobre la actualidad desde el punto de vista gubernamental, sino que también deslizaba ataques contra el Comunismo.

De hecho, el líder elogió a Benito Mussolini y su gobierno, por su actuación como “baluarte contra la revolución comunista”. Una década más tarde, por el acercamiento del italiano con la Alemania de Adolf Hitler, comenzó a distanciarse. 
Churchill en 1935. Foto de @diariopanorama


El expansionismo alemán le preocupaba, mientras estaba alejado de la política y trabajando en la literatura a comienzos de la década de los 30. El Gobierno británico, con Neville Chamberlain al frente, buscaba “apaciguar” a Hitler permitiéndole invadir algunas regiones europeas: Churchill propiciaba el llamado a las armas, a estar alerta.

Para 1939 asumió de nuevo el cargo de primer Lord del Almirantazgo. Una Alemania que arrolló a Polonia y que luego tomó a Francia, ahora apuntaba a Inglaterra. Allí emergió la figura bonachona del inglés.

“Churchill aportó a la lucha un liderazgo extraordinario”, consideran Williamson Murray y Allan R. Millett en La Guerra que había que ganar. “Más adelante, (Churchill) afirmaría que solo había expresado los sentimientos del pueblo británico en 1940 (…) Se jugó notablemente los últimos recursos de un imperio que se apagaba porque creía que la lucha aún no estaba perdida. Tenía razón”.

“(No tengo) nada que ofrecer excepto sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas”, es la frase que distingue su labor durante el conflicto, que se extendió hasta 1945 con las rendiciones de Alemania, Italia y Japón, las potencias del eje.

Irreverente, pero pragmático en sus ideas, no dudó en acercarse a Josef Stalin, al frente de la Unión Soviética, tras la invasión de los alemanes al gigante euroasiático. “Todo hombre o Estado que luche contra el nazismo tendrá nuestra ayuda. Todo hombre o Estado que marche al lado de Hitler será nuestro enemigo”, resaltó el premier británico.

Centró la Guerra en un objetivo: derrotar a Hitler, “monstruo de vileza, insaciable en su ansia de sangre y destrucción”. Contribuyó a fortalecer los lazos entre Estados Unidos y la Unión Soviética para acabar con el nazismo.

Churchill en 1939, arriba a la izquierda. Foto de @diariopanorama


“Si me preguntáis, ¿cuál es nuestro objetivo?”, dijo el primer ministro en una alocución. “Puedo responder con una sola palabra: la victoria; la victoria a cualquier precio, la victoria a pesar del terror, la victoria por largo y duro que sea el camino, porque sin la victoria no hay supervivencia”.

Churchill infundía ánimo a los golpeados ingleses durante el Blitz de Londres, los bombardeos alemanes que destrozaron la capital británica entre el 7 de septiembre de 1940 y el 16 de mayo de 1941, visitando en las áreas arrasadas a heridos y ciudadanos que lo perdieron todo, prometiendo terminar con los atacantes. Quisquilloso, el premier inglés era un jefe que se inmiscuía en los detalles más nimios.

Tras la guerra, su secretario privado, Jock Colville, recordaba una anécdota que revelaba no solo la presión al momento de trabajar, sino el buen humor del que siempre hacía gala.

“Recibí instrucciones de llamar, como de costumbre, al capitán que se encontraba de guardia en el Almirantazgo para preguntarle si había alguna novedad”, cuenta Colville en sus memorias tituladas Action this day: working with Churchill. “No la había y el capitán prometió que me telefonearía tan pronto como supiera algo, aunque fuera de menor interés”. 

Churchill en 1944. Foto de @diariopanorama


Los apremios del líder hicieron que el secretario llamara una vez más. “El capitán de guardia me recordó, malhumorado, la promesa que me había hecho antes”. A las dos de la madrugada insistirían el primer ministro y su subordinado, obteniendo una respuesta nada agradable.

“El furioso oficial, interrumpido en sus escasas horas de sueño, lanzó sobre mí todo ese vocabulario al que recurre la Armada en tiempos de crisis. Churchill, oyendo la larga perorata que llegaba desde el otro lado de la línea, supuso que, por fin, habíamos hundido un crucero enemigo. Me arrebató el auricular de la mano y recibió una larga andanada de improperios que, evidentemente, le fascinó. Tras permanecer a la escucha durante un minuto o dos, explicó que el primer ministro estaba al aparato y que solo quería saber si se había producido alguna novedad”.

Tras el triunfo aliado, se dedicó casi por completo a la literatura, salvo por su retorno a Downing Street (la sede del Gobierno británico) entre 1951 y 1955.

Llegó a ganar un premio Nobel de Literatura, en 1953 por “su dominio de las descripciones biográficas e históricas, así como por su brillante oratoria en defensa de los valores humanos exaltados”.

Churchill disfrutaba (muchas veces en exceso) de los tabacos y el alcohol, preferiblemente whisky con agua sin gas o brandy. “Un derrochador extravagante, un viejo que fuma y bebe sin moderación”, lo acusó Hitler en una conversación con su estado mayor.

Incluso, recientemente se dio a conocer un menú que se encontraba en uno de los aviones que utilizó para viajar a Estados Unidos, luego de la guerra. 

Churchill en 1954. Vía @diariopanorama


“A Churchill le gustaba terminar su desayuno con un vaso de whisky y un cigarro. Es un tipo de indulgencia que asociamos con él, incluso cuando tenía más de 80 años”, señalaba Richard Westwood-Brookes, que tuvo en propiedad el menú, subastado posteriormente por la casa Mullock, en Londres, y que incluía “huevo pasado por agua, tostadas, mermelada, manteca, café y leche, jugos, pollo, carnes y pomelo”.

Pese a las “libertades” del premier al momento de fumar, comer y beber, vivió hasta los 91 años, en Londres.

El historiador Andrew Roberts, en su libro Hitler y Churchill, los secretos del liderazgo, compara al primer ministro inglés con un jugador de póquer, por su “conducta intuitiva y enérgica (…) tan natural”. “Era romántico, impetuoso e inspirador (…) combativo, voluntarioso y enérgico, se esforzaba por imponer sus opiniones”, redondea el escritor británico.

En 1946 le confesó a un científico que muchos le pidieron que se retirara después de la Guerra. “¿Cómo iba a retirarme? ¡He luchado toda mi vida y no puedo dejar de hacerlo ahora!”. Churchill en estado puro.

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