El fusilamiento de Manuel Carlos Piar, por Rafael María Baralt

Fusilamiento de Manuel Carlos Piar. Tomado del libro Historia de mi Patria (1966)
El general Manuel Carlos Piar, héroe de la batalla de San Félix, que abrió las puertas de Guayana a los patriotas y decidió, de facto, el curso de la Independencia de Venezuela, cayó fusilado el 16 de octubre de 1817 en la pared oeste de la actual catedral de Santo Tomás, en Angostura (hoy Ciudad Bolívar).

Acusado por el Libertador Simón Bolívar de “rebelión contra la autoridad suprema”, fue capturado y enjuiciado. Rafael María Baralt, en su Historia de Venezuela, relata la pasión y muerte del general.

El maracaibero Baralt (1810-1860) publicó su Resumen de la Historia de Venezuela en 1840, pasados apenas 23 años de la ejecución del curazoleño.


“Para este tiempo, sin embargo, el general Bolívar se hallaba por su mal y el de la república ocupado en atajar los progresos de una rebelión intentada contra la autoridad suprema de que se hallaba revestido; y eran la ambición y orgullo insano de Piar los que le suscitaban esta nueva amargura, cuyo origen debe buscarse en el congresillo de Cariaco. Ya hemos visto que las ridículas maniobras de esta junta tuvieron simpatías en Guayana, y que Piar principalmente las vio con gusto, por cuanto se prometía obtener de Mariño el mando superior de aquel ejército. El vencedor de San Félix no pudo llevar en paciencia que el Libertador le arrebatara la satisfacción de entrar triunfante en Guayana, aprovechándose de sus trabajos, sin pensar que éstos no perdían su mérito porque Bolívar los perfeccionara, y que en realidad el plan concebido por Cedeño y planteado por él debía precisamente ser llevado a cabo por el jefe supremo. Porque la toma de Angostura valdría poco si con ella no le ligaban las operaciones ulteriores de todos los cuerpos republicanos. Y ¿quién sino Bolívar podía conseguir la obediencia de tantos jefes rivales y ambiciosos? ¿Quién sino él podía hacer útil su concurrencia al plan general de la campaña, imponiendo silencio a sus eternas disputas sobre el ejercicio de la autoridad y la dirección de la guerra? Pero la vanidad irritable y violenta de Piar le cerró los ojos para que no viese estas verdades, y en seguida, como se envenenase más y más con la propia sinrazón, le condujo al horroroso proyecto de destruir al Libertador y la república. 

Manuel Carlos Piar. 


Su primer paso fue pedir con la instancia más eficaz un permiso para separarse del ejército e irse a curar dentro o fuera del territorio: hombre alguno de influjo con el Libertador no quedó a quien él no importunase para obtener una licencia que éste se obstinaba en negarle, ora porque le creyese necesario en el ejército, ora porque viendo su secreto disgusto, no quisiese aumentarlo dándole un pretexto para quejarse de ingratitud y deservicio; mas al fin fueron tantos y tan tenaces sus empeños, que Bolívar, mal su grado, no pudiendo ya desatenderlos, le concedió el 30 de julio en San Miguel el retiro que solicitaba. No bien lo hubo Piar obtenido, cuando poniendo por obra su proyecto, se fue a Upata y comenzó a hablar ignominiosamente del Libertador, tirando a minar su crédito, a promover la división entre los jefes, la desobediencia en la tropa, y lo que es más, a revivir en el ejército la proscrita y olvidada idea de colores, concitando la guerra entre las razas. Ocupada Angostura, trasládose Piar a ella, y cada vez más irritado y ciego, escribió a varios jefes pardos, induciéndolos a desconocer la autoridad del jefe supremo y a establecer un nuevo orden de cosas conforme al plan atroz y absurdo que se proponía. 

Simón Bolívar. 


El Libertador al principio le escribió amistosamente, llamándole a ocupar su puesto en el ejército, bien que sin darse por entendido de sus tramas criminales; pero viendo que éstas continuaban y que despreciaba su clemencia, mandó prenderle en Angostura. Piar al saberlo se fugó a Maturín, donde poniéndose de acuerdo con Mariño y algunos otros revoltosos, empezó a allegar gente. En ninguna época de su vida demostró Bolívar más habilidad y presencia de ánimo que entonces. Piar era un hombre audaz y fuerte, estaba resentido, y meditaba usar armas de una naturaleza destructora: hombres igualmente ignorantes e indóciles, igualmente enemigos de todo freno y disciplina, podían muy bien, llevados del ejemplo, de la fama del caudillo y de geniales propensiones, unirse a la empresa y levantar el pendón de la desobediencia: la tropa, adicta a Piar, que la había conducido a la victoria, y mandada por jefes de su misma clase, no daba mucha garantía de subordinación y de lealtad: pueblo no había: la miseria era espantosa; ella y la peste producida por el sitio de Angostura tenían abatidos los ánimos en el poblado y en las filas. En esta situación propicia para hacer triunfar una novedad cualquiera que condujese a variar el orden de cosas existentes, ¿cuáles eran los auxilios de Bolívar? Unos pocos jefes adictos de buena fe a su persona, amigos del orden y suficientemente instruidos para ver en su conservación la mejor esperanza de salud. Veamos con todo lo que hizo.

Su primera medida fue poner a las órdenes de Urdaneta en la Vieja Guayana la división que se llamaba Piar, autorizándole para mantener en ella la más severa disciplina y para proceder en juicio sumario contra cualquiera individuo que se mostrase adicto a los proyectos nuevamente descubiertos. Después convocó a todos los generales y jefes del ejército a una junta de guerra en que su autoridad fue reconocida de una manera explícita y solemne. Seguidamente destinó a Cedeño y a varios otros jefes de los mismos que Piar había intentado seducir, para que con una columna de caballería siguiesen en su alcance y le prendiesen. Escribió a todas partes: envió comisionados por doquiera; a unos jefes halagó, de otros (los más temibles por cierto y sospechosos) hizo entera confianza; y por fin, oponiendo a tan eminente peligro una proporcionada fortaleza, alentó a sus amigos, a sus enemigos puso miedo y a todos probó ser digno del puesto que ocupaba. 

Manuel Carlos Piar. 


Esta prudente conducta tuvo el efecto que podía desearse, y Piar, abandonado por todos, se fue a Aragua de Cumaná, buscando la protección de los descontentos adictos a Mariño. Cedeño y los comandantes Juan Francisco Sánchez y Juan Antonio Mina, encargados de prenderle, le encontraron en aquella población escoltado por un cuerpo numeroso de caballería, a las órdenes del intrépido Francisco Carmona; pero instruido éste a las órdenes del Libertador, no hizo resistencia alguna, y Piar fue al punto arrestado y conducido a Angostura con todas las atenciones debidas a su clase y su desgracia. Principiada luego y sustanciada la causa por sus trámites, se reunió el consejo de guerra de oficiales generales en el alojamiento del almirante Brión su presidente: eran vocales los generales de brigada Pedro León Torres y José Antonio Anzoátegui, los coroneles José Ucrós y José María Carreño, y los tenientes coroneles Judas Tadeo Piñango y Francisco Conde; fiscal el general Carlos Soublette, defensor el coronel Fernando Galindo. El tribunal, según las actas del proceso, dio su sentencia el 15 de octubre de 1817, condenándole unánimemente a muerte, con degradación militar, por los crímenes de inobediencia, sedición, conspiración y deserción. El jefe supremo la confirmó en su primera parte, no en la segunda, y el día siguiente por la tarde en lugar público y a la presencia de todo el ejército recibió Piar la muerte con la misma serenidad e intrepidez que en todo tiempo y ocasión había mostrado. 

Estatua de Manuel Piar en Los Próceres, Caracas. Foto de Robustiano Gorgal


Tal fue el desgraciado término a que se vio conducido Piar por su índole inquieta y soberbia, y por el engreimiento de sus servicios, realmente esclarecidos, en la guerra de la independencia. Su muerte, por más que digan algunos émulos miserables de Bolívar, que se han querido convertir en ecos de los realistas, fue justa, e impuesta legalmente. Los hombres que denunciaron a Bolívar sus proyectos presentando sus cartas, habían servido a sus órdenes, pertenecían a su división, y eran sus amigos o sus hechuras; tales fueron Cedeño y su secretario el teniente coronel José Manuel Olivares, Sánchez, el coronel Manuel Salcedo y otros; entre los que compusieron el consejo de guerra, Brión, su paisano, debía tener y tenía en efecto por él más de un motivo de simpatía, o por lo menos de consideración; Torres y Anzoátegui habían sido ascendidos por él a generales después de la batalla de San Félix; éstos, los demás vocales y el fiscal, eran hombres de verdad, valor y conciencia, incapaces de cometer un vil asesinato; la ejecución en fin fue pública, hecha por sus propios soldados y en ocasión de ser éstos mandados por jefes que, como Bermúdez, no tenían el más pequeño interés en sancionar con su aprobación o su silencio aquel terrible escarmiento, si hubiera sido injusto”. 

Almirante Luis Brión

Consejo de Guerra que condenó al general Manuel Carlos Piar

Presidente


Almirante Luis Brión

Votó muerte sin degradación

General Pedro León Torres

Vocales

General de Brigada Pedro León Torres

Votó muerte sin degradación

José Antonio Anzoátegui. 


General de Brigada José Antonio Anzoátegui

Votó muerte con degradación



Coronel José Ucrós

Votó muerte sin degradación

José María Carreño. 

Coronel José María Carreño

Votó muerte sin degradación



Teniente coronel Judas Tadeo Piñango
Votó muerte con degradación



Teniente coronel Francisco Conde

Votó muerte –sin ahorcamiento- con degradación

General Carlos Soublette.


Fiscal

General de Brigada Carlos Soublette

Pidió muerte por ahorcamiento



Defensor

Coronel Fernando Galindo

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